con las rodillas llenas de costras

UrsulaKLeguin

Nunca había temido ni despreciado la ciudad. Era su territorio. No habría suburbios como aquél si triunfara la Revolución. Aunque habría pobreza. Siempre habría pobreza, basura y crueldad. Ella nunca había pretendido estar cambiando la condición humana, ser la madre que aleja lo trágico de los niños para que no se hagan daño. Nada de eso. Toda vez que la gente tuviera la libertad de elección, si decidían beber veneno y vivir en las cloacas, era asunto suyo. Eso sí, siempre y cuando aquello no fuera el negocio de los Negocios, fuente de beneficios ni una forma de poder para otra gente. Ella había sentido todo aquello antes de saber nada; antes de escribir el primer panfleto, antes de dejar Parheo, antes de saber lo que significaba capital, antes de haber ido más allá de la calle del Río, en la que jugaba sobre el pavimento con los otros niños de seis años a la ruedachapa, en cuclillas y con las rodillas llenas de costras; lo sabía: que ella y los otros niños y sus padres y los padres de los demás niños y los borrachos y las putas y todos los de la calle del Río estaban en el fondo de algo: eran los cimientos, la realidad, el origen. Pero ¿arrastrarías la civilización al barro?, gritaba espantada, más tarde, la gente decente. Y durante años Laia había intentado explicarles que si todo lo que una tenía era barro, entonces, si una era Dios, con él hacía seres humanos, y si una era humana, intentaba con él hacer casas en las que los seres humanos pudieran vivir. Pero nadie que se considerara mejor que el barro podía comprenderlo. Pasados tantos años, como el agua que busca su llanura, del barro al barro, Laia arrastraba los pies por la calle maloliente y ruidosa, y toda la horrible debilidad de su vejez se sentía como en casa. Las putas soñolientas, con sus peinados a fuerza de laca deteriorados y ladeados, la mujer de un solo ojo que grita cansada las verduras que tiene a la venta, la mendiga medio loca que se espanta las moscas a palmetazos, aquéllas eran sus compatriotas. Se parecían a ella, estaban todas tristes, eran asquerosas, viles, penosas, espantosas. Aquéllas eran sus hermanas, su gente.

Le Guin, Ursula K. (2017). El día antes de la revolución. Nórdica libros. ISBN: 9788416830381

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Perdónalo, Señor

Toda una vida

Su siguiente recuerdo era de sí mismo a los ocho años, desnudo y flaco, uncido a un yugo de madera para bueyes. Las piernas y la cabeza oscilaban un poco sobre el suelo, que apestaba a boñiga de caballo, mientras su minúsculo trasero blanco asomaba al aire invernal y Kranzstocker le propinaba golpes con una vara de avellano. Como de costumbre, el granjero la había remojado con agua para que ganara flexibilidad, y ahora cortaba el aire con un silbido antes de acabar en el trasero de Egger con un ruido que parecía un quejido. Egger nunca gritaba, lo que animaba al granjero a golpearlo con más fuerza. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y lo curtió para que sometiera la Tierra y todo lo que ocurría en ella. El hombre cumple la voluntad de Dios y pronuncia la palabra de Dios. El hombre crea vida con la fuerza de su lomo y la quita con la de sus brazos. El hombre es la carne y la tierra, y es granjero y se llama Hubert Kranzstocker. Cuando le apetece, rotura sus tierras, se coloca una cerda adulta sobre los hombros, trae a un niño al mundo o cuelga a otro de la viga del granero, puesto que él es el hombre, la palabra y la acción. «Perdónalo, Señor —dijo Kranzstocker, y la vara volvió a silbar—. Perdónalo, Señor.»

Seethaler, Robert (2017). Toda una vida. Salamandra. ISBN: 9788415631941 

 

A mí siempre me da sueño en las bibliotecas. ¿A ti no?

El 23 de mayo de 1911, el presidente de los Estados Unidos en persona se encontraba en la ciudad de Nueva York para presidir una importante ceremonia. En la Quinta Avenida, en el lugar donde antes se elevaba el viejo depósito con aspecto de fortaleza, la gran biblioteca se iba a abrir por fin al público.

Sala de lectura NYPL

La colección, basada en la suma de las bibliotecas Astor y Lenox, era inmensa. Financiado con los legados de Watts y Tilden, el espléndido edificio de estilo neoclásico proyectado por Carrère & Hastings ocupaba dos manzanas entre las calles Cuarenta y Cuarenta y Dos. Había llevado mucho tiempo construirlo, pero había valido la pena. La fachada y las amplias escalinatas de mármol, flanqueadas por dos leones, eran un modelo de magnificencia, pese a lo cual el lugar tenía también su lado acogedor. Gracias a la cuantiosa donación de Andrew Carnegie, el sistema de bibliotecas de Nueva York se encontraba entre las instituciones más generosas del mundo, de acceso libre al público.

Aunque el edificio no se iba a abrir al común de la gente hasta el día siguiente, después de que el presidente Taft efectuara los honores, visitó las instalaciones un nutrido grupo de personas compuesto por las personalidades más ricas y destacadas de la ciudad.

La anciana Hetty Master se movía con bastante lentitud.

—Estoy muy contenta de que me acompañes a ver esto —dijo a Mary O’Donnell.

El año anterior el estado de Hetty había degenerado de manera considerable, lo cual no era de extrañar a su edad. Después de entrar en el gran vestíbulo de mármol, insistió de todas formas en subir a pie las escaleras.

—Son dos pisos —le advirtió Mary.

Los pisos, además, eran muy altos.

—Puedo subirlos —reiteró la anciana—. Y quiero ver esa sala de lectura de la que tanto hablan. —La sala de lectura del tercer piso abarcaba la totalidad de la longitud del edificio, de casi cien metros—. Recuerdo que vine aquí cuando había el Crystal Palace, justo detrás —señaló.

—Lo sé —dijo Mary.

Les llevó un tiempo, pero llegaron a la sala de lectura, y cuando entraron, quedaron impresionadas. La estancia se prolongaba a la manera de los vastos pasillos del vaticano.

—Pues sí que es grande —acordó Hetty.

—Sí —convino Mary.

—Espero —dijo Hetty, observando las hileras de mesas— que encuentren a tanta gente que quiera leer. A mí siempre me da sueño en las bibliotecas. ¿A ti no?

—Yo casi no las utilizo —confesó Mary.

—Hay mucho espacio para dormir aquí —dictaminó Hetty—. Bajemos.

Rutherfurd, Edward. (2010). Nueva York. Roca editorial. ISBN: 9788499182100

un hombre puede ser un barco

PatriaDe pronto, contra su voluntad, empezó a llover con bastante fuerza. ¿Dónde? En el recuerdo. Se estaba hundiendo poco a poco. El duro, el primero en empezar las huelgas de hambre y el último en acabarlas, el que tomaba la palabra en las asambleas para despreciar a los presos que se tragaban el anzuelo de la reinserción.

Pero un hombre puede ser un barco. Un hombre puede ser un barco con el casco de acero. Luego pasan los años y se forman grietas. Por ellas entra el agua de la nostalgia, contaminada de soledad, y el agua de la conciencia de haberse equivocado y la de no poder poner remedio al error, y esa agua que corroe tanto, la del arrepentimiento que se siente y no se dice por miedo, por vergüenza, por no quedar mal con los compañeros. Y así el hombre, ya barco agrietado, se irá a pique en cualquier momento.

Aramburu, Fernando. 2016. Patria. Tusquets. IBSN: 978-84-9066-327-1

La eternidad se nos escapa

La elegancia del erizo¿Cómo transcurre pues la vida? Día tras día, nos esforzamos valerosamente por representar nuestro papel en esta comedia fantasma. Como primates que somos, lo esencial de nuestra actividad consiste en mantener y cuidar nuestro territorio de manera que éste nos proteja y halague, en subir o no bajar en la escala jerárquica de la tribu y en fornicar de cuantas formas podamos —aunque no fuere más que en fantasía— tanto por el placer como por la descendencia prometida. Para ello, empleamos una parte nada desdeñable de nuestra energía en intimidar o seducir, pues ambas estrategias bastan para asegurar la conquista territorial, jerárquica y sexual que anima nuestro conatus. Pero nada de todo ello lo percibe nuestra conciencia. Hablamos de amor, del bien y del mal, de filosofía y de civilización, y nos aferramos a esos iconos respetables como la garrapata a su perrazo caliente.

A veces, sin embargo, la vida se nos antoja una comedia fantasma. Como sacados de un sueño, nos observamos actuar y, helados al constatar el gasto vital de energía que requiere el mantenimiento de nuestros requisitos primitivos, inquirimos estupefactos dónde ha quedado el Arte. Nuestro frenesí de muecas y miradas nos parece de pronto el colmo de la insignificancia, nuestro cálido nidito, fruto del endeudamiento de veinte años, una vana costumbre bárbara, y nuestra posición en la escala social, tan duramente alcanzada y tan eternamente precaria, de una zafia vanidad. En cuanto a nuestra descendencia, la contemplamos con una mirada nueva y horrorizada porque, sin el barniz del altruismo, el acto de reproducirse se nos antoja profundamente fuera de lugar. Sólo quedan los placeres sexuales; pero, arrastrados en la corriente de la miseria primigenia, vacilan ellos también, pues la gimnasia sin el amor no encuentra cabida en el marco de nuestras lecciones bien aprendidas.

La eternidad se nos escapa.

Barbery, Muriel. (2015). La elegancia del erizo. Seix Barral. ISBN: 9788432212970 

El tiempo como un sonido blanco

Cuento de la criada    Hay tiempo de sobra. Ésta es una de las cosas para las que no estaba preparada: la cantidad de tiempo desocupado, los largos paréntesis de nada. El tiempo como un sonido blanco. Si al menos pudiera bordar, o tejer, hacer algo con las manos… Quiero un cigarrillo. Recuerdo cuando visitaba las galerías de arte, interesada en el siglo XIX, y la obsesión que tenían por los harenes. Montones de cuadros de harenes, mujeres gordas repantingadas en divanes, con turbantes en la cabeza o tocados de terciopelo, mientras un eunuco que montaba guardia las abanicaba con colas de pavo real. Estudios de cuerpos sedentarios, pintados por hombres que jamás habían estado allí. Se suponía que eran cuadros eróticos, y a mí me lo parecían en aquellos tiempos; pero ahora comprendo en qué reside su verdadero significado: mostraban una alegría interrumpida, una espera, objetos que no se usaban. Eran cuadros que representaban el aburrimiento.

     Pero tal vez el aburrimiento sea erótico cuando quienes se aburren son las mujeres, al menos para los hombres.

     Espero, lavada, cepillada, alimentada, igual que un cerdo al que se entrega como premio. En la década de los ochenta inventaron pelotas para cerdos. Eran pelotas grandes y de colores, y se las daban a los cerdos que eran cebados en pocilgas. Éstos las hacían rodar ayudándose con el hocico. Los criadores de cerdos aseguraban que mejoraba el tono muscular de los animales; los cerdos eran curiosos, les gustaba tener algo en qué pensar.

     Lo leí en una introducción a la psicología; eso, y el capítulo sobre las ratas de laboratorio que se aplicaban a sí mismas descargas eléctricas, sólo por hacer algo. Y el que hablaba de las palomas amaestradas para picotear un botón que al ser pulsado hacía aparecer un grano de maíz. Estaban divididas en tres grupos: el primero obtenía un grano con cada picotazo; el segundo, uno cada dos picotazos, y el tercero de forma aleatoria. Cuando el encargado del experimento dejaba de suministrarles el grano, el primer grupo de daba por vencido enseguida, y el segundo un poco más tarde. El tercero, en cambio, nunca se daba por vencido. Se habrían picoteado a sí mismas hasta morir, antes que renunciar. Quién sabe cuál era la causa.

     Me gustaría tener una de esas pelotas para cerdos.

Atwood, Margaret. 2017. El cuento de la criada. Salamandra, p. 109-110.    

                    ISBN: 978-84-9838-801-5.

So you grab a piece of something that you think is gonna last

     Los apparatchik también eran una tipología eterna. El tono de los nuevos, en sus charlas TED, en sus lanzamientos de productos por medio del PowerPoint, en sus declaraciones ante parlamentos y congresos, en libros de títulos utópicos, era un lisonjero sirope de convicciones oportunas y rendiciones personales que Andreas recordaba bien de la República. No podía oírlos sin pensar en la letra de una canción de Steely Dan que decía: «So you grab a piece of something that you think is gonna last.» (La radio del sector americano ponía esa canción una y otra vez para los tiernos oídos del sector soviético.) Los privilegios disponibles en la República eran irrisorios, un teléfono, un apartamento con algo de luz y aire, el importantísimo permiso de viaje, pero quizá no más irrisorios que tener X seguidores en Twitter, un perfil de Facebook muy popular y una aparición de cuatro minutos de vez en cuando en la CNBC. El verdadero atractivo de ser un apparatchik era la seguridad que conllevaba encajar. Fuera, el aire olía a azufre, se comía mal, la economía estaba moribunda, el escepticismo proliferaba, mientras que dentro «la victoria contra el enemigo de clase estaba asegurada». Dentro, «el profesor y el ingeniero aprendían a los pies del trabajador alemán». Fuera, la clase media desaparecía más rápido que los glaciares, los xenófobos ganaban elecciones o almacenaban rifles de asalto, las tribus enfrentadas se masacraban religiosamente, mientras que dentro «las nuevas tecnologías disruptivas hacían obsoleta la política tradicional». Dentro, las comunidades descentralizadas ad hoc estaban «reescribiendo las reglas de la creatividad», la revolución «premiaba a quienes asumían riesgos y entendían el potencial de las redes». El Nuevo Régimen reciclaba incluso las palabras clave que la antigua República había usado: «colectivo», «colaborativo». En ambos casos se consideraba un axioma la emergencia de «una nueva especie de la humanidad». En eso, los apparatchik de toda calaña estaban de acuerdo. No parecía preocuparles que sus élites gobernantes estuvieran formadas por la vieja especie de la humanidad, avariciosa y brutal.

 

     Lenin había sido capaz de asumir riesgos. Trotski también, hasta que Stalin lo convirtió en el Bill Gates de la Unión Soviética, el vituperado criptorreaccionario. En cambio, a Stalin no le hizo falta asumir tantos riesgos porque el terror daba mejores resultados. Aunque, sin excepción, los nuevos revolucionarios afirmaban idolatrar a quienes asumían riesgos —término relativo en todo caso, pues el riesgo en cuestión consistía en perder el dinero de algún capitalista aventurero o, como mucho, en malgastar unos cuantos años financiados por los papás, en lugar de, por decir algo, el riesgo de morir ahorcado o fusilado—, los más exitosos habían optado por seguir el ejemplo de Stalin. Igual que los antiguos politburós, el nuevo se presentaba como enemigo de las élites y amigo de las masas, dedicado a «dar a los consumidores lo que deseaban», pero a Andreas —que, según su propia admisión, no había aprendido a desear nada material— le parecía que internet estaba más bien dominado por el miedo: miedo a no ser popular, ni suficientemente cool, miedo a perderse algo, miedo a ser criticado u olvidado. En la República, a la gente le aterraba el Estado; bajo el Nuevo Régimen, lo que aterraba a la gente era el estado de la naturaleza: matar o morir, comer o ser comido. En ambos casos, el miedo era absolutamente razonable; era, en efecto, «producto» de la razón. El nombre completo de la ideología de la República había sido «Socialismo Científico», un nombre que miraba atrás, hacia la Terreur —los jacobinos, con su guillotina maravillosamente eficaz, tal vez fueran verdugos, pero se presentaban como ejecutores de la racionalidad de la Ilustración—, y también adelante, hacia los terrores de la tecnocracia, que buscaba liberar a la humanidad de su condición humana por medio de la eficacia de los mercados y la racionalidad de las máquinas. Ésa era la característica verdaderamente inamovible de las revoluciones ilegítimas, su impaciencia con respecto a la irracionalidad, su deseo de liquidarla de una vez por todas.

 

Franzen, Jonathan. 2015. Pureza. Salamandra. ISBN: 978-84-9838-710-0