un tipo particular de conciencia

Leyenda mayor de Ian CurtisLa mescalina le produjo un efecto fulminante. Me dijo: La mescalina ha sido la mejor droga que ha habido. No habrá ninguna más. Siempre será la droga de la felicidad, del amor, de la paz, de la diversión, del buen rollo. Era una droga divertida, no te producía ningún tipo de bajón, nada. Era una droga especial.

Y aunque reconociera, de mala gana, que lo que sucede bajo los efectos de la droga no se puede comparar con la iluminación mística, sostenía que “ser arrancados de raíz de la percepción ordinaria y ver durante unas horas sin tiempo el mundo exterior e interior, no como aparece a un animal obsesionado por la supervivencia o un ser humano saturado de palabras y nociones, sino como es percibido, directa e incondicionalmente por la inteligencia libre, es una experiencia de inestimable valor para cualquiera, eso que los teólogos católicos llaman una gracia gratuita, no necesaria para la salvación, pero que puede ayudar a conseguirla y debe ser aceptada con agradecimientos, si es que llegamos a recibirla”. En suma, para él, la mescalina era un medio para visitar el idios kosmos de Buda o el Maestro Eckhart, es decir la Realidad última. A raíz de estas experiencias Ian escribió unas llamativas líneas:

Una conclusión se impuso entonces en mi mente, y su impresión de veracidad ha permanecido inconmovida desde entonces. Es la de que nuestra conciencia de vigilia normal, que llamamos racional, constituye solo un tipo particular de conciencia, y que rodeándola por completo, separadas de ella por la más fina película, yacen formas potenciales de conciencia totalmente distintas. No puede haber una descripción definitiva del universo en su totalidad que omita tomar en consideración estas formas de conciencia.

Colectivo Juan de Madre (2017). Leyenda mayor de Ian Curtis.
Aristas Martínez. ISBN: 978-84-947049-2-5. p. 58-59.

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… con desapego y sin prejuicios

Tiempos de SwingSalí de aquella clase agarrada de la mano de mi padre, pero no le conté lo que había pasado. No se me ocurría pedir ayuda a mis padres para nada, ya no, en todo caso pensaba en protegerlos. Buscaba amparo en otro lugar. Los libros habían empezado a formar parte de mi vida. No los libros buenos, todavía, sino aquellas biografías rancias del mundo del espectáculo que leía a falta de textos sagrados, como si fueran textos sagrados, hallando una forma de consuelo en ellos, a pesar de que eran libros escritos a destajo y a cambio de dinero rápido, a los que sus autores apenas les daban importancia, pero para mí sí la tenían. Guardaba aquellas páginas dobladas y las leía una y otra vez , como una dama victoriana con sus salmos. “No lo hace bien” era una frase muy relevante. Fred Astaire aseguraba que lo pensaba siempre que se veía en la pantalla, y me llamó la atención esa tercera persona. Entendí que Astaire no sentía un vínculo particular con la persona de la película. Y eso se me grabó en la cabeza, o más bien avivó una impresión que ya intuía: que en definitiva era importante considerarse uno mismo como un extraño, procurar verte con desapego y sin prejuicios. Creía que imprescindible pensar así para conseguir cualquier cosa en este mundo. Sí, me parecía una actitud muy elegante. Y me obsesioné, también, con al famosa teoría de Katharine Hepburn sobre Fred y Ginger: “Él le da clase, ella le da sensualidad”. ¿Sería una regla general? ¿Acaso todas las amistades, todas las relaciones, entrañaban ese intercambio discreto y misterioso de cualidades , ese intercambio de poder? ¿ Se prolongaba también a los pueblos y las naciones o era algo que sucedía sólo entre individuos? ¿Qué le daba mi padre a mi madre, y viceversa? ¿Qué nos dábamos en señor Booth y yo? ¿Qué le daba yo a Tracey? ¿Qué me daba ella a mí?

Smith, Zadie (2017). Tiempos de Swing. Salamandra. ISBN: 9788415629597

 

con las rodillas llenas de costras

UrsulaKLeguin

Nunca había temido ni despreciado la ciudad. Era su territorio. No habría suburbios como aquél si triunfara la Revolución. Aunque habría pobreza. Siempre habría pobreza, basura y crueldad. Ella nunca había pretendido estar cambiando la condición humana, ser la madre que aleja lo trágico de los niños para que no se hagan daño. Nada de eso. Toda vez que la gente tuviera la libertad de elección, si decidían beber veneno y vivir en las cloacas, era asunto suyo. Eso sí, siempre y cuando aquello no fuera el negocio de los Negocios, fuente de beneficios ni una forma de poder para otra gente. Ella había sentido todo aquello antes de saber nada; antes de escribir el primer panfleto, antes de dejar Parheo, antes de saber lo que significaba capital, antes de haber ido más allá de la calle del Río, en la que jugaba sobre el pavimento con los otros niños de seis años a la ruedachapa, en cuclillas y con las rodillas llenas de costras; lo sabía: que ella y los otros niños y sus padres y los padres de los demás niños y los borrachos y las putas y todos los de la calle del Río estaban en el fondo de algo: eran los cimientos, la realidad, el origen. Pero ¿arrastrarías la civilización al barro?, gritaba espantada, más tarde, la gente decente. Y durante años Laia había intentado explicarles que si todo lo que una tenía era barro, entonces, si una era Dios, con él hacía seres humanos, y si una era humana, intentaba con él hacer casas en las que los seres humanos pudieran vivir. Pero nadie que se considerara mejor que el barro podía comprenderlo. Pasados tantos años, como el agua que busca su llanura, del barro al barro, Laia arrastraba los pies por la calle maloliente y ruidosa, y toda la horrible debilidad de su vejez se sentía como en casa. Las putas soñolientas, con sus peinados a fuerza de laca deteriorados y ladeados, la mujer de un solo ojo que grita cansada las verduras que tiene a la venta, la mendiga medio loca que se espanta las moscas a palmetazos, aquéllas eran sus compatriotas. Se parecían a ella, estaban todas tristes, eran asquerosas, viles, penosas, espantosas. Aquéllas eran sus hermanas, su gente.

Le Guin, Ursula K. (2017). El día antes de la revolución. Nórdica libros. ISBN: 9788416830381

Perdónalo, Señor

Toda una vida

Su siguiente recuerdo era de sí mismo a los ocho años, desnudo y flaco, uncido a un yugo de madera para bueyes. Las piernas y la cabeza oscilaban un poco sobre el suelo, que apestaba a boñiga de caballo, mientras su minúsculo trasero blanco asomaba al aire invernal y Kranzstocker le propinaba golpes con una vara de avellano. Como de costumbre, el granjero la había remojado con agua para que ganara flexibilidad, y ahora cortaba el aire con un silbido antes de acabar en el trasero de Egger con un ruido que parecía un quejido. Egger nunca gritaba, lo que animaba al granjero a golpearlo con más fuerza. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y lo curtió para que sometiera la Tierra y todo lo que ocurría en ella. El hombre cumple la voluntad de Dios y pronuncia la palabra de Dios. El hombre crea vida con la fuerza de su lomo y la quita con la de sus brazos. El hombre es la carne y la tierra, y es granjero y se llama Hubert Kranzstocker. Cuando le apetece, rotura sus tierras, se coloca una cerda adulta sobre los hombros, trae a un niño al mundo o cuelga a otro de la viga del granero, puesto que él es el hombre, la palabra y la acción. «Perdónalo, Señor —dijo Kranzstocker, y la vara volvió a silbar—. Perdónalo, Señor.»

Seethaler, Robert (2017). Toda una vida. Salamandra. ISBN: 9788415631941 

 

A mí siempre me da sueño en las bibliotecas. ¿A ti no?

El 23 de mayo de 1911, el presidente de los Estados Unidos en persona se encontraba en la ciudad de Nueva York para presidir una importante ceremonia. En la Quinta Avenida, en el lugar donde antes se elevaba el viejo depósito con aspecto de fortaleza, la gran biblioteca se iba a abrir por fin al público.

Sala de lectura NYPL

La colección, basada en la suma de las bibliotecas Astor y Lenox, era inmensa. Financiado con los legados de Watts y Tilden, el espléndido edificio de estilo neoclásico proyectado por Carrère & Hastings ocupaba dos manzanas entre las calles Cuarenta y Cuarenta y Dos. Había llevado mucho tiempo construirlo, pero había valido la pena. La fachada y las amplias escalinatas de mármol, flanqueadas por dos leones, eran un modelo de magnificencia, pese a lo cual el lugar tenía también su lado acogedor. Gracias a la cuantiosa donación de Andrew Carnegie, el sistema de bibliotecas de Nueva York se encontraba entre las instituciones más generosas del mundo, de acceso libre al público.

Aunque el edificio no se iba a abrir al común de la gente hasta el día siguiente, después de que el presidente Taft efectuara los honores, visitó las instalaciones un nutrido grupo de personas compuesto por las personalidades más ricas y destacadas de la ciudad.

La anciana Hetty Master se movía con bastante lentitud.

—Estoy muy contenta de que me acompañes a ver esto —dijo a Mary O’Donnell.

El año anterior el estado de Hetty había degenerado de manera considerable, lo cual no era de extrañar a su edad. Después de entrar en el gran vestíbulo de mármol, insistió de todas formas en subir a pie las escaleras.

—Son dos pisos —le advirtió Mary.

Los pisos, además, eran muy altos.

—Puedo subirlos —reiteró la anciana—. Y quiero ver esa sala de lectura de la que tanto hablan. —La sala de lectura del tercer piso abarcaba la totalidad de la longitud del edificio, de casi cien metros—. Recuerdo que vine aquí cuando había el Crystal Palace, justo detrás —señaló.

—Lo sé —dijo Mary.

Les llevó un tiempo, pero llegaron a la sala de lectura, y cuando entraron, quedaron impresionadas. La estancia se prolongaba a la manera de los vastos pasillos del vaticano.

—Pues sí que es grande —acordó Hetty.

—Sí —convino Mary.

—Espero —dijo Hetty, observando las hileras de mesas— que encuentren a tanta gente que quiera leer. A mí siempre me da sueño en las bibliotecas. ¿A ti no?

—Yo casi no las utilizo —confesó Mary.

—Hay mucho espacio para dormir aquí —dictaminó Hetty—. Bajemos.

Rutherfurd, Edward. (2010). Nueva York. Roca editorial. ISBN: 9788499182100

un hombre puede ser un barco

PatriaDe pronto, contra su voluntad, empezó a llover con bastante fuerza. ¿Dónde? En el recuerdo. Se estaba hundiendo poco a poco. El duro, el primero en empezar las huelgas de hambre y el último en acabarlas, el que tomaba la palabra en las asambleas para despreciar a los presos que se tragaban el anzuelo de la reinserción.

Pero un hombre puede ser un barco. Un hombre puede ser un barco con el casco de acero. Luego pasan los años y se forman grietas. Por ellas entra el agua de la nostalgia, contaminada de soledad, y el agua de la conciencia de haberse equivocado y la de no poder poner remedio al error, y esa agua que corroe tanto, la del arrepentimiento que se siente y no se dice por miedo, por vergüenza, por no quedar mal con los compañeros. Y así el hombre, ya barco agrietado, se irá a pique en cualquier momento.

Aramburu, Fernando. 2016. Patria. Tusquets. IBSN: 978-84-9066-327-1

La eternidad se nos escapa

La elegancia del erizo¿Cómo transcurre pues la vida? Día tras día, nos esforzamos valerosamente por representar nuestro papel en esta comedia fantasma. Como primates que somos, lo esencial de nuestra actividad consiste en mantener y cuidar nuestro territorio de manera que éste nos proteja y halague, en subir o no bajar en la escala jerárquica de la tribu y en fornicar de cuantas formas podamos —aunque no fuere más que en fantasía— tanto por el placer como por la descendencia prometida. Para ello, empleamos una parte nada desdeñable de nuestra energía en intimidar o seducir, pues ambas estrategias bastan para asegurar la conquista territorial, jerárquica y sexual que anima nuestro conatus. Pero nada de todo ello lo percibe nuestra conciencia. Hablamos de amor, del bien y del mal, de filosofía y de civilización, y nos aferramos a esos iconos respetables como la garrapata a su perrazo caliente.

A veces, sin embargo, la vida se nos antoja una comedia fantasma. Como sacados de un sueño, nos observamos actuar y, helados al constatar el gasto vital de energía que requiere el mantenimiento de nuestros requisitos primitivos, inquirimos estupefactos dónde ha quedado el Arte. Nuestro frenesí de muecas y miradas nos parece de pronto el colmo de la insignificancia, nuestro cálido nidito, fruto del endeudamiento de veinte años, una vana costumbre bárbara, y nuestra posición en la escala social, tan duramente alcanzada y tan eternamente precaria, de una zafia vanidad. En cuanto a nuestra descendencia, la contemplamos con una mirada nueva y horrorizada porque, sin el barniz del altruismo, el acto de reproducirse se nos antoja profundamente fuera de lugar. Sólo quedan los placeres sexuales; pero, arrastrados en la corriente de la miseria primigenia, vacilan ellos también, pues la gimnasia sin el amor no encuentra cabida en el marco de nuestras lecciones bien aprendidas.

La eternidad se nos escapa.

Barbery, Muriel. (2015). La elegancia del erizo. Seix Barral. ISBN: 9788432212970